El Nudo, novela de Rodrigo Soto
Soto ha sido finalista en el Certamen Latinoamericano de Cuento Casa de las Américas, ha publicado en narrativa breve Mitomanías (1983) y Dicen que los monos éramos felices (1996); las novelas La Estrategia de la Araña (1985) y Mundicia (1992); las novelas cortas La torre Abolida (1994) y Figuras en el espejo (2001), además de dos poemarios La muerte lleva anteojos (1990) y Damocles y otros poemas (2003).
El Nudo es una novela que narra la historia de unos jóvenes que durante un viaje al mar llega a sus manos un cargamento de droga. Lo toman y a raíz de ese acontecimiento, su vida comienza a girar.
Sin embargo, el texto también está elaborado a través de giros en el tiempo, situación que el narrador maneja impecablemente, pues desde el inicio engancha al lector a través del suspenso y la premonición, cito: “Aquí sucede solo lo que yo escribo, pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final, y ese desgarbado, miserable, harapiento que se dispone a cruzar la calle con las primeras insinuaciones del día —apenas la sospecha, la premonición de un amanecer—, nunca podrá hacerlo”.
El Nudo realiza una genealogía de los personajes principales. A través de una narración directa y sin barroquismos, repasa aspectos de la adolescencia como las fiestas, la música, los enamoramientos imposibles, la solidaridad entre los amigos, pero también las peores actuaciones del ser humano. Tras la lectura, me vino al recuerdo la frase de Erasmo de Rótterdam “El hombre es eminentemente maleable”.
El escritor Carlos Cortes ha señalado en un artículo difundido por Club de Libros que El nudo es una novela sobre la construcción de lo real y esta clave de lectura se nos revela desde la primera frase y no nos abandona hasta el final: "Aquí sucede solo lo que yo escribo, pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final"; Nada sucedería. Solo tu deseo y mi palabra, o tu palabra y mi deseo, o lo que nace de su encuentro, puede dar inicio al tiempo, poner en movimiento los hilos de la trama y empujar al sol para que continúe su lento pero incontenible ascenso".
En fin, con este texto, Rodrigo Soto, digno descendiente de sus paisanos Magón, Yolanda Oreamuno y Carlos Luis Fallas, confirma que para narrar se necesita de un agudo colmillo, de imaginación y mucho oficio de lectura y escritura.
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