Un Milagro en Equilibrio
Si algo de autobiográfico tiene esta novela, dice Etxebarria, es el amor maternal de Eva sobre Amanda, su bebé, destinataria de la carta diario con que la protagonista se desnuda por dentro, apuntando al futuro de su primera y única hija. No existe nada que Eva quiera ocultarle: ni sus escarceos con la drogas, ni sus devaneos sexuales con hombres interesados exclusivamente en sus enormes pechos, ni su escaso orgullo hacia su incipiente y dudosa carrera literaria. Por eso le confiesa, sin reparos ni tabú alguno, todas sus debilidades, miedos y hasta los más íntimos defectos.
Querida hija
Eva Agulló es una escritora de poco éxito, adicta al alcohol y a relaciones tormentosas que le han supuesto más de una terapia de grupo y algún que otro bofetón. Desde que a los 20 años dio un portazo a su familia e inició su vida en solitario, Eva ha ido dando tumbos entre trabajos esporádicos, montañas de facturas y odas al desenfreno cocainómano.
Ni siquiera el inesperado éxito editorial de su primer libro, ‘Enganchadas’, le acerca hacia el equilibrio del milagro de la vida, y sin embargo, es un milagro en equilibrio, -el nacimiento de su hija-, el que finalmente le otorga el más valioso aprendizaje. Acomplejada, despistada y aparentemente frágil, la personalidad de Eva Agulló se irá edificando en cada carta, a través de episodios significativos de su juventud, sus amigos y de su familia.
Eva escribe a su bebé con el objetivo de acercarle a los orígenes de una familia ahora rota en el dolor debido a la agonía de su madre, que se debate entre la vida y la muerte en un hospital madrileño. Al pie de un cuerpo intubado y comatoso se da cuenta Eva de lo poco que conocía a su progenitora y de la distancia que le separa, -la pequeña Agulló, la oveja negra-, de su familia. Y se apoya en ese pasado para imaginar hacia dónde irá el futuro que se plantea, con su recién nacida como el centro del universo.
El milagro de la vida
Todo lo escribe Lucía con ese lenguaje desenfadado que le caracteriza, a veces soez, a veces próximo a la poesía. Directa y sin pelos en la lengua, la escritora habla igual de la droga, del embrujo ladino del periodismo sensacionalista o del inhumano sistema sanitario neoyorquino. Pero es el embarazo, -o más bien sus problemas-, uno de los ejes principales que, desde un humor muy tierno, sustenta este Premio Planeta 2004.
Feminista reconocida, la autora reclama la voz de la mujer para sacar de la maternidad pura literatura. Y se queja también, a través de Eva, de la falsa mitificación hacia los placeres de la gestación que olvida los dolores, las depresiones y el estrés que provoca crear a un nuevo ser: "15 de octubre. He tenido que interrumpir mi teclear frenético porque a las doce has abierto los ojos y te has empeñado, para variar, en que te coja en brazos. Y me he pasado el resto de la mañana cantándote nanas desafinadas. Hasta las dos, hora en que ha venido tu padre y te has puesto a dormir. Es un patrón de conducta. Empiezo a darme cuenta de que lo haces todos los días. A las doce de la mañana y a las ocho de la noche abres los ojos y gimes. No quieres el chupete ni el biberón ni que te cambie el pañal. Sólo quieres que te coja en brazos. Son tus horas brujas".
Con todo, "Un milagro en equilibrio" da un cierto giro en la trayectoria de Lucía sin perder su estilo, quien sin duda ha sacado de las entrañas el amor más poderoso y atractivo del mundo, y lo ha puesto en esta historia inventada que supone, en esencia, la conclusión de que la vida es, al fin y al cabo, un auténtico milagro.
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